MI HERMANA

461dcc0b-e350-4a90-9030-a98dd9b138ecMi hermana…

…hoy es su cumpleaños, o lo hubiese sido. Hubiese hecho 46 años. Lo de siempre, un tirón de orejas y un típico “ey, tu también ya vas para arriba, ¿eh?”. El comentario que haría cualquier hijo de vecino, y es que somos una familia del montón, como millones que hay por ahí.

Mi hermana siempre fue un referente para mí. Buena estudiante, siempre venía con las mejores notas, todo dieces. Yo en cambio, siempre fui uno de esos estudiantes de “puede hacer más, pero no le da la gana”, y el día que llevaba las notas a casa era una tragedia. “ A ver si aprendes de tu hermana”, me decían… y sí, yo siempre quería ser como ella en los estudios, pero también en la manera de desenvolverse en la vida. Siempre fue una persona muy sociable, a mí en cambio, me costaba mucho hablar de cualquier cosa con cualquier desconocido o conocido.

Se casó y tuvo dos hijos maravillosos. Me encantaba ir a su casa, todo era alegría y risas. Ante cualquier problema que tenía, me iba de visita y en el calor de esa casa todo se me pasaba.

Si, esa era mi hermana, una persona increíble.

Pero un día todo eso cambió. Yo recordaba algunos episodios anteriores de depresión que sufrió, aunque fueron muy pocos y muy espaciados en el tiempo. Pero esta vez vinieron para quedarse. La alegría de esa casa, pasó a ser tristeza, pastillas en la madrugada, horas interminables en la cama con las persianas cerradas… y en ese momento piensas que será algo pasajero, que ya pasará, como antes.

Lo chocante fue que esos periodos de tristeza daban paso a unos periodos de extrema euforia. “Esto es nuevo” pensé. Afán por consumir, dejar temblando la tarjeta de crédito, marcharse a mitad de la fiesta de cumpleaños de su hijo para ir a un concierto, frases del estilo “dejadme en paz, quiero disfrutar de la vida”. En un principio lo veía como algo normal, la típica crisis de los 40, y el querer volver a una etapa de la vida, sin responsabilidades, que jamás volverá.

Pero de nuevo regresó la tristeza. Mi hermana pasó por interminables sesiones de una terapeuta, que veía su caso como el “típico caso de depresión”. Hay que decir que esto comenzó con la muerte de un familiar. Ella trabajaba en el sector sanitario, y siempre se sintió culpable de no haberse anticipado al fatal desenlace que se produjo. Eso le carcomía por dentro, pensaba que ella tuvo que haber visto algo, que no vio, y por eso pasó lo que pasó.

El querer ayudar y evitar lo inevitable fue lo que la llevó al sufrimiento.

Pero al tiempo volvió el estado eufórico, y este también vino para quedarse. Se divorció de su pareja, y se entregó a una vida sin preocupaciones. Nuevas personas entraban en su vida, personas que sí le entendían, que la querían tal como era, aunque al final no dejaban de ser una panda de buitres que se aprovechaban de la situación.

Su terapeuta por fin dio con la clave del asunto. Esto es TRASTORNO BIPOLAR, nos dijo, después de cuatro años de terapia…Trastorno Bipolar, maldita palabra, qué demonios es eso. Al final internet me lo aclaró. Y es que todo coincidía, palabra por palabra.

Entonces vino el primer ingreso. Ingreso involuntario. Recuerdo las visitas como algo que me marcó profundamente. Recuerdo los insultos de mi hermana, la agresividad, era como un tigre enjaulado. Era otra persona…

Y así arranco su periplo y el nuestro por la senda del trastorno bipolar. Durante cinco años fuimos “luchando”, aprendiendo de nuestros errores, intentando entender que todo esto no lo hacía queriendo. Y es que parece eso, caprichos y pataletas de niña consentida. Es algo que se tarda años en comprender.

Ella siempre comentaba que preferiría mil veces tener algo físico que un trastorno mental. Supongo que una parte sería por la total desinformación que se tiene sobre el TB y otros trastornos. Mucho estigma y poca empatía. Comentarios en el pueblo. La ignorancia suele ser muy osada…y estúpida.

Al principio, yo tomaba un papel de Pepito Grillo, diciendo esto y aquello. Pero no, no hay nada que puedas decir que toque esa tecla en su interior y haga que la maquinaria se ponga en marcha de nuevo.

Durante esta experiencia aprendí lo primero, a escuchar, escuchar atentamente, no hablar, solo escuchar. En los momentos de euforia aprendí a no juzgar, solo a recomendar, pero de una manera comprensiva, hablar suave e intentar razonar. Y la cosa comenzó a funcionar. Por fin teníamos como familiares y amigos, una hoja de ruta para poder ayudar a mi hermana, empezábamos a comprender qué era todo esto. Empezábamos a ver el futuro de otra manera… esta vez sí… ahora lo vamos a conseguir. Entre todos podemos hacerlo.

Pero al final, no pudo ser. Una fatídica mañana de abril decidió poner punto final. Un minúsculo y maldito segundo de desesperación le llevó a tomar la última de las alternativas y apartarse de este mundo. Nos dejó una nota que decía “os quiero, pero no puedo más”.

Y después de dos años qué queda de aquello. Tristeza, tristeza para el resto de la vida. Un vacío que estará para siempre en su familia y amigos. Frustración por no verlo venir o no haber hecho lo suficiente. Lástima por lo que pudo ser y jamás será. Miles de preguntas sin respuesta. Rabia e impotencia. Y es que, no queda nada bueno ni positivo, esa decisión NO TRAE NADA BUENO NI POSITIVO PARA NADIE.

Una vez, hablando con mi hermana, me decía que le gustaría ser como la persona que era antes, pero que no conseguía recordar cómo era. Creo que el trastorno es eso, una enfermedad que te impide ser como eres, una mal bicho que se agarra a tu mente y se dedica a tocar los botones de tu cabeza como alguien que cree que sabe pero que no sabe nada.  Yo siempre pensaba que tenía que volver a su esencia, volver a conocerse, ya que el trastorno no era más que un telón de plomo que le impedía verse como era ella en realidad. Como dice Naro, esto no es una lucha, esto es una oportunidad, de volver a descubrir quién eres en realidad.

Hoy hubiese sido tu cumpleaños.

Te queremos y te echamos mucho de menos.

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